lunes, 10 de junio de 2002

Philip K. Dick, la realidad era eso

Marcial Castañón

Con Philip K. Dick, las cosas no son lo que parecen. La realidad se torna un juego de espejos donde la paranoia es un estado de lucidez, la libertad del individuo es rigurosamente vigilada por la policía, los humanos conviven con simulacros de sí mismos, la sociedad está perfectamente fragmentada en clases, y los sueños, sueños son. Tras su muerte, hace veinte años, Dick regresó a la actualidad con el estreno de Minority Report de Steven Spielberg, basada en un relato suyo, además de la publicación de dos biografías, y la reedición por parte de Minotauro de sus mejores novelas.

Pocos escritores tienen las virtudes y defectos que se necesitan para convertirse en un autor de culto. El norteamericano Philip K. Dick los tuvo todos: un universo literario personalísimo y casi excluyente, una enorme minoría de seguidores distribuidos estratégicamente por todo el planeta, una obra literaria irregular, en la que la mediocridad y las más brillantes ideas se entremezclan, una vida llena de claroscuros y un final, para muchos, temprano.

Prolífico, culto y tímido, autor de más de un centenar de cuentos y de una treintena de novelas, Philip K. Dick supo hacer de su paranoia, hija bastarda de un mal viaje con el LSD, un argumento literario, y del resto de sus experiencias con las drogas, a las que acabó detestando, una plataforma desde la que observar la realidad y definir qué había en ella de verdadero o falso. Influido a partes iguales por Kafka y Dickens, heredero de los temores de Orwell e hijo de la Guerra Fría, sus personajes dudan sobre su propia existencia y sobre el mundo que les ha tocado vivir, en medio de un entorno que siempre dibuja, con el trazo despreocupado de la mejor literatura norteamericana, gris y triste, oclusivo y banal, en el que un golpe de azar o un hecho absurdo pueden llevar a la decadencia o la ruina, y en la que lo normal es siempre inquietante.

Es ese uso de lo cotidiano a su favor lo que le hace excepcional, y lo que supuso una ruptura con los convencionalismos que imperaban en el género en el que estaba encasillado y del que trató de escapar toda su vida: la ciencia ficción. En su obra no hay grandes alardes tecnológicos, nuevas fuentes de energía, antropología extraterrestre, batallas estelares o aventuras en mundos desconocidos. La mayor parte de las veces los protagonistas de sus novelas viven vidas anodinas y comunes en las que un detalle de esa realidad se filtra y atrapa al lector hasta el final. En el hombre en el castillo (1962), quizás su mejor novela, se tarda bastante tiempo en descubrir que los Estados Unidos han perdido la Segunda Guerra Mundial y que el país está repartido entre los alemanes y los japoneses. Asfixiado en esa situación monolítica, un disidente afirma que la historia es otra y que los aliados sí ganaron la guerra, pero el lector va descubriendo que no de la manera conocida por nosotros.

Por su parte, en Tiempo de Marte (1964), su otra gran novela, la ruina y decadencia de una colonia marciana que nunca fue próspera se vislumbra a cada paso mientras los habitantes, que sienten el planeta como un exilio, tratan de entender ese nuevo mundo por medio de las experiencias de un niño autista que tiene el poder de comprender el sentido del paso del tiempo de manera global, y que hace de su enfermedad una virtud, una idea ésta, que reaparece en toda la obra de Dick, poblada de personajes que tienen esa capacidad para ver más allá de lo evidente, gracias a la esquizofrenia, la manía persecutoria o las mutaciones mentales inducidas por la genética o las drogas. Y cuando no es posible ese acercamiento, siempre queda la realidad virtual, prácticamente un invento del propio Dick, que la describió años antes que todo el movimiento cyberpunk en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), su novela más conocida, gracias a haber servido de inspiración para Blade Runner, aunque ese aspecto no se utilizó en el guión de la película.

La plateada paranoica pantalla
Con la llegada de Minority report (basada en un relato del mismo nombre que debería traducirse por Informe particular y no como El informe de la minoría como ha hecho el editor español), de Steven Spielberg, con Tom Cruise en la cabeza de cartel y a la espera del estreno de Impostor, protagonizada por Gary Sinise, Dick retorna a una notoriedad que no soñó ni en sus mejores momentos lisérgicos. En ambas películas se trazan de nuevo las obsesiones y paranoias de Dick, con dos personajes a los que se cuestiona su identidad y son perseguidos por las fuerzas de un estado represivo que no sabe ni entiende las razones de sus actos. Si en la primera, Sinise, da vida a un científico, en la segunda, Cruise es un policía de la sección de pre-crímenes que es acusado (y perseguido) por un asesinato que todavía no ha cometido.

De alguna forma, esta es la segunda incursión de Tom Cruise en el oclusivo mundo de Philip K. Dick: ya protagonizó Vanilla Sky, versión norteamericana de la película de Alejandro Amenabar Abre los ojos, que sin inspirarse en ningún relato o novela del autor de ciencia ficción, ni darle crédito, bebe hasta el plagio de las novelas El ojo en el cielo(1957) y Ubik(1969), esta última de la que, por cierto, se ha llegado a hacer un videojuego.

Sin embargo, Blade Runner, de Ridley Scott es, sin duda, la adaptación más fiel al espíritu de la obra de Dick realizada hasta la fecha, aunque difiera en mucho de la obra original. Pero esa lealtad a la novela se fundamenta en el cuestionamiento que hacen sobre su identidad, y por ende, de sus recuerdos, los replicantes de la película, perseguidos, con mano fiera por un Rick Deckard que tampoco tiene muy claro si es quien cree ser, o si tan siquiera es, al menos, humano.

Otros acercamientos directos a la obra de Dick han tenido mayor o menor fortuna en sus resultados, pero todos son interesantes, y mantienen esa idea seminal de duda razonable sobre la realidad que percibimos, los recuerdos y los elementos con los que se construye la identidad, como en Desafio Total, basada en una historia corta, en la que al final no queda claro si toda la peripecia marciana ha tenido lugar o es un simple recuerdo inducido a un obrero de la construcción con aires de grandeza.

También en Asesinos cibernéticos recoge las ideas de uno de los mejores cuentos de Dick, La segunda variedad, para jugar con los conceptos de lo que nos define como humanos, enmarcado en el ambiente hostil de una guerra de exterminio en un planeta minero.

Homenajes y/o plagios
La lista es larga, y desde la crítica se ha calificado a Dick como uno de los autores más influyentes en la cultura popular de nuestro tiempo. Sin duda lo es. En la ciencia ficción todo el movimiento literario ciberpunk debe muchos de sus conceptos a Philip K. Dick, y su estela se ve en las novelas de William Gibson o Effinger, y también en la de otros autores destacados, aunque laterales como Neal Stephenson o Lucius Shepard. Más cercano queda el británico Jeff Noon, autor de Vurt y Polen, dos novelas ambientadas en un futuro cercano en el que las drogas de distintas formas transforman la realidad y a cuyos sueños no todo el mundo puede acceder.

En el cine difícilmente se podrían concebir películas como La Red, protagonizada por Sandra Bullock, en la que una hacker ve cómo su identidad se transmuta en la de una delincuente, sin que antes se hubiese escrito Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), que cuenta la historia de una estrella televisiva a la que de improviso se le despoja de su personalidad y fama, hasta convertirlo en una “no-persona”.

De igual forma la mediocre Freejack narra algo que podría haber firmado el propio Dick en un día malo, con un Anthony Hopkins en un papel muy cercano al de Glen Runciter, protagonista de Ubik, y un Mick Jagger jugando a ser un blade runner de diseño francamente horrible. Más interesantes son Nivel 13, en la que la realidad virtual se reinventa a sí misma, en un juego con los viajes en el tiempo, o la hermosa y oscura Dark City, a medio camino entre la Praga de Kafka y el lluvioso San Francisco de Dick.

Tampoco el duro despertar a la presunta realidad de Keanu Reeves en Matrix y sus futuras secuelas, sería imaginable sin que antes Philip K. Dick se hubiese empeñado en mostrar que todo lo vivido puede ser falso o inducido, y que la mayor parte de los humanos no están preparados para acceder a una “verdad” que no tiene por qué ser única.

Una verdad, que quizás esté ahí fuera para el agente Mulder de Expediente X que a través de nueve temporadas de la serie se ha convertido en un personaje de Dick: paranoico, se siente perseguido, utilizado y aprisionado en una conspiración de oligarcas de la que no maneja más que unas pocas respuestas, y en la duda de la existencia de esa misma conspiración y de su papel en ella, si acaso existiese, especulando con que es “una pieza clave” de ella, y cuestionado hasta sus orígenes, mientras, cínico, decide que el camino más corto a la verdad es el más enrevesado negando el buen espíritu, cada día menos científico de la buena Scully.

Pero ni el propio Philip K. Dick logró escapar de su propia influencia y ha acabado por convertirse en un personaje literario, protagonizando novelas como la de Michael Bishop Philip K. Dick ha muerto. Pero su vida, como describe Emmanuel Carrère en la biografía Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, que lleva unas semanas en el mercado, está llena de elementos con los que construir una novela del propio Dick. Marcada por la prematura desaparición de una hermana, y cuya ausencia le persiguió durante largo tiempo, la idea atávica de sentirse observado y perseguido, el recuerdo de los efectos de las drogas, su obsesión con Dios y con las inteligencias extraterrestres, con las que en los últimos años de su vida decía haber contactado, hablándole directamente a su cerebro, son datos más que suficientes para ello.

Pero Philip K. Dick no se quedó solo con su locura, y como siempre la compartió, con una novela de la que existen dos versiones: Valis (1981) y la póstuma Radio Libre Albemuth, ambas inquietantes, desasosegadoras, alucinadas, y que hablan de un mundo que es realmente el nuestro, en el que, en verdad nadie, nadie se puede sentir tranquilo y, sobre todo, debe de dudar, dudar de todo.

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