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jueves, 27 de enero de 2005

La realidad ficcionada

Un jardín parabólico
Todo lo que está a la vista no es verdadero. El jardinero sabe bien que en su tarea, minuciosa y lenta, más por necesidad que por gusto, lo que se ve no es del todo cierto, por mucho que se empeñe, y es así aunque el paseante no se de cuenta de todo ello. El jardín, en sí mismo, es un artificio de la naturaleza que lo rodea, una recreación, una cortesía para los sentidos frente a lo agreste y lo salvaje que es la selva, el puro bosque del que el hombre ha huido para encontrar lugares más agraciados. Pero dentro del propio jardín, y aunque el duro invierno se instale entre sus setos y parterres haciendo escultura blanca de lo que fue vivo y no adormecido, existe no sólo el artificio, sino, el artefacto, el objeto botánico hecho y preparado con el inútil fin de la belleza y que en el bosque, en lo natural, no tiene cabida. La rosaleda que cuelga adormecida, casi seca, es ejemplo claro de ese artefacto, de esa flor, de la que al final sólo quedará el nombre, que en su estado natural es discreta, sencilla, casi olvidable. Esa distancia entre lo salvaje, en este caso pobre, y lo domeñado, que en su floración será exuberante, preocupa al jardinero, pues no sabe a que carta cabal quedarse. De igual manera en la televisión, la distancia entre la realidad y la noticia puede ser igual de larga o más, y de hecho sin más, dato al margen, mensaje, transformarse en completo artefacto, y por tanto lejano de la verdad que tantas veces se menciona, sin acordarnos que suele ser un concepto estadístico, un consenso, más que un hecho contrastable.
Artículo completo (Vía Martín Cué)

martes, 25 de enero de 2005

Una conversación de domingo

Me cuenta mi amigo Martín Cué que se pasó la mañana del domingo en el programa que hace en Radio 3 el mítico Juan Pablo Silvestre. El programa se llama Mundo Babel y estuvo, durante las dos horas que duró, junto a Eva Orúe, su webmastresa de Divertinajes, su compañera Sara Gutiérrez y la escritora de origen sefardí Esther Bendahan, y con todos, un montón de hermosas canciones. Martín me cuenta con un cierto estupor la tremenda amabilidad con la que fue tratado pero también el profundo conocimiento de sus artículos, o yo diría mejor, de sus ensayos, sobre la televisión. Por otro lado, me comenta que se sintió abrumado por Juan Pablo Silvestre que, en directo, le mostró una enorme admiración, o al menos eso dice. Siento no haber escuchado el programa. Era domingo, y el programa iba de diez a doce de la mañana. Más de una vez lo he escuchado, pero casi nunca entero, salvo cuando he estado de viaje, en el coche. Si alguien lo ha grabado o lo ha subido a Internet, por favor, envíenmelo. Siempre es agradable escuchar a un amigo.

Enviado por Marcial Castañón

miércoles, 19 de enero de 2005

Ensaladas y parterres

Un jardín parabólico
No es la primera vez que aquí se menciona la impresión que dio el observar la conversación entre Julia Otero y el entonces candidato a la presidencia del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, pocos minutos antes de ser entrevistado en el programa que ésta tenía en TV3, de nombre La Columna, y que un documental de Canal + se encargó de recoger. Zapatero le contaba a la Otero que la percepción máxima, el grado de atención que en la actualidad tenían los espectadores no superaba los nueve segundos y que, por tanto, en demasiadas ocasiones, los políticos se veían obligados a lanzar el dardo envenenado, el demagógico eslogan o la frase maliciosa, todo por captar la atención del espectador que era fugaz, por mor del medio, y esto sin decirlo, del mando a distancia, cosa que la propia Otero asentía con gratitud pues se prometía una entrevista ágil, siempre de agradecer.
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miércoles, 17 de noviembre de 2004

La anomalía

Un jardín parabólico
La anomalía acaba por ser que este acto, que esta atrocidad seca y fría, haya sido registrado por una cámara de televisión de un periodista encalomado, usando el verbo propuesto por Pérez Reverte, y que la constancia de este hecho haya llegado a las televisiones de medio planeta en la que la reciben con horror, como si cosas como esas nunca fuesen imaginadas, en la que actos tan despiadados no hubiesen sido tan siquiera supuestos, llenando las tertulias matutinas y noctámbulas de aseveraciones en las que se afirma que suponemos que existen otros "desastres de la guerra" que estamos dispuestos a admitir, pero no el crimen emitido, más o menos entrecortado, ya de origen, en estos pasados días.
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