martes, 30 de julio de 2002

Las razones de una guerra
Prisioneros de guerra en el aeropuerto internacional de Kinshasa.


Una detective de una conocida serie de novelas tenía como lema "sigue al dinero", versión norteamericana canónica del eje del pensamiento (hereje), como es el marxismo. A estas alturas, ya nadie se atreve a explicar nada sin contar con la complejas y, a menudo, ocultas, relaciones económicas que manejan el mundo. Conversando con un grupo de corresponsales de guerra todos llegaban más o menos a la misma conclusión, y es que "las cosas son lo que parecen", con lo cual la afirmación se hacía aún más terrible, ya que estábamos hablando de África. Precisamente el comentario venía sobre la idea agradablemente colonialista que mucha prensa transmitía sobre el continente, que ayudaba a los occidentales a relegar los conflictos, sentirlos ajenos: aquello es una merienda de negros. Y así, la guerra llega al África subsahariana por odios atávicos, visceralidades tribales, venganzas inconclusas, afán de poder, religiones informes o cualquier otra excusa que suene a medieval, primitiva o incivilizada, y no, como suele suceder, por el control de una explotación minera, los ingresos por consentir una prospección petrolífera, o el dominio del tráfico de piedras preciosas.
Hoy, la República Democrática del Congo, el triste Congo en el que el Che fracasó, y Ruanda han firmado una paz tras años de masacres en una guerra tan brutal como sólo África sabe dar. Detrás estaba el dinero del coltán, un mineral imprescindible en la industria tecnológica, y los diamantes. Conocimos las razones de la guerra. Ahora... ¿sabremos las razones de la paz?

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